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La fragilidad de un pez

Por: Andrew Chernin

Daniel Pauly, el biólogo marino que lucha contra la pesca de arrastre y que la revista Scientific American nombró entre los 50 científicos más importantes, no es un personaje de un cuento. Pero a veces lo parece. Porque Pauly, que vino a Chile para reunirse con Oceana, es un tipo que ha tenido que pelear por cada centímetro que ha conseguido en su vida. Incluso en cosas tan simples como conocer a sus padres verdaderos, a quienes tuvo que buscar en continentes distintos.

  • Fecha: 26 09 2009
  • Sección: Ciencia
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Fotografía: José Miguel Méndez

La gente no suele ir a llorar a los hoteles. Pero a veces pasa. Como le ocurriría, por ejemplo, a Daniel Pauly en un hotel de Vitacura. Aunque para que eso sucediera, tendrían que pasar varios minutos. Tendría, de hecho, que partir contando la historia de su vida a partir de una simple pregunta. Y decir que de todas las cosas que un biólogo marino de 63 años ha vivido, la primera que recuerda es estar jugando en una fuente. Jugando solo. Jugando como lo hacen los niños de tres años, sin que nadie lo cuidara. Siendo el único niño negro en un pueblo suizo donde tenía 40.000 vecinos blancos.

Y Pauly, que entonces sólo era Daniel, ya sabía que algo no estaba bien.

Sabía, pese a su edad, que no vivía con su familia. Que Suiza no era su país. Sabía que, en algún minuto de la Segunda Guerra Mundial, un soldado negro y americano de Arkansas había conocido a una parisina blanca. Sabía que se habían enamorado o algo así, y en medio de todo eso había nacido él. Sabía que incluso después de haber peleado en una guerra, un tipo negro no podría estar con una blanca en el sur de Estados Unidos. Y que por esa razón, ese soldado había dejado a la parisina y a su hijo para volver a Arkansas. Ahí es cuando la parisina trata de arreglárselas con este niño llamado Daniel, que está algo enfermo y al que no sabe cómo cuidar. Y camina por París, a la deriva, con el crío.

Dos años después de eso, la madre y su hijo se topan un día con una señora suiza que visitaba a un familiar y que acababa de ver a su hijo morir. Y mira al pequeño Daniel enfermo y le dice a la parisina que ella lo podría cuidar. Que le puede prometer una buena educación. Que la dejara hacerse cargo del niño por algo así como seis meses. Y la parisina la mira en medio de la locura o quizás la desesperación, y le dice que sí. Porque piensa que le daría tiempo. Que podría juntar algo de dinero y componerse en una ciudad desmoralizada y destruida.

En algún minuto de 1948, una mujer francesa le diría adiós a su hijo. Observaría cómo otra mujer se lo llevaba y le diría hasta luego, nos vemos en seis meses. Y, ese mismo día, comenzaría la cuenta regresiva para que esa mujer volviera a encontrarse con ese niño. Sólo que esos seis meses se demorarían 16 años.

La pecera

Los recuerdos son algo curioso. Alguien como Daniel Pauly, puede haber vivido una infancia casi huérfana. Pero puesto a hacer memoria, junto a estar jugando en esa fuente, dice que se recuerda "mirando a las otras personas que vivían en su casa". Mirando esa casa enorme en el pueblito de La Chaux-de-Fonds y viendo cómo todo se iba descomponiendo frente a sus ojos. Las letras de bronce que se robaban de la entrada que recordaban que ésa, alguna vez, había sido una residencial para niñas. Los platos sucios en la cocina. Los libros viejos que se acumulaban en las repisas. Frente a él, también pasaban tres hermanos adoptivos, un padre adoptivo que trabajaba revendiendo las pertenencias de los difuntos que vivían de la asistencia social y que lo obligaba a lavar la loza sucia de familias muertas, y una madre adoptiva que siempre le recordaba una cosa: "Me decía -cuenta Pauly- que tenía que estar agradecido". Agradecido de haber tenido que trabajar desde los 12  años, sin nunca recibir nada de su dinero. Agradecido de que mientras leía Colmillo Blanco y todos los libros  de historia que pudo encontrar, su madre adoptiva le decía que su verdadera mamá lo había abandonado. Agradecido de que eso, esa pieza limpia dentro de una casa inmunda, era todo lo que tenía.

En algún minuto de 1948, una mujer francesa le diría adiós a su hijo Daniel. Observaría cómo otra mujer se lo llevaba y le diría hasta luego, nos vemos en seis meses. Y, ese mismo día, comenzaría la cuenta regresiva para que esa mujer volviera a encontrarse con ese niño. Sólo que esos seis meses se demorarían 16 años.

Pero a veces, a Daniel le costaba creer eso.

A veces, como pasó cuando tenía diez años, le daban ganas de buscar a su madre. Y salía de la casa caminando, pensando que así podría llegar hasta París. Aunque en otras, quizás la mayoría de las veces, Daniel sentía que su rebelión era querer una vida normal. "Una cosa que recuerdo, y que todavía me persigue, es ir a visitar a un amigo un día que no fui a trabajar. Estábamos en su pieza y su madre entró a preguntarnos qué queríamos con nuestro té. Qué tipo de galletas. Sin gritar, sin decirle a su hijo que tenía que trabajar y servirse él". Daniel quería sentir algo de eso.

Sólo pudo abandonar esa casa cuando cumplió 16. Dejó el colegio, dejó esa casa donde los hijos ya se habían ido -el padre había muerto y la madre estaba enferma- para trabajar algunos meses en una empresa relojera. Después, Daniel dio vueltas y terminó en Alemania. Flirteó con la Iglesia, trabajó en hospitales para retardados mentales, pensó dedicarse a las traducciones y terminó su educación media asistiendo a clases vespertinas. Ahí, escuchó como una tipa no muy despierta hablaba sobre la posibilidad de dar el examen habilitante para ir a la universidad. Daniel pensó que si ella podía, él también.

Entremedio volvió a Suiza y supo dos cosas. Que el ejército francés lo estaba buscando porque le tocaba hacer su servicio militar. Y, segundo, que por esa situación, el ejército también había contactado a su madre preguntándole por ese hijo que ella no había visto hacía tanto tiempo. Y en el ejército le dijeron a ella cómo ubicarlo. Así fue como Daniel recibió una carta de esa mujer que se lo había confiado a otra. Y ahí fue cuando Daniel pospuso el servicio y salió a buscarla hasta esa pequeña casa de barrio obrero en un suburbio de París, donde la mujer que lo había parido le contó que había llorado todos los segundos días de mayo. Porque ése, decía, era el día en que le tendría que haber celebrado su cumpleaños. También le presentó a su nuevo marido, que tomó a Daniel como un hijo y le dio el apellido que lleva hoy, y le entregó todos los juguetes que en esos 16 años no le había podido dar. Daniel, ese extraño pez perdido, había regresado al hogar.

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